Poema
Pentecostés
¿Es cierto querida abuelita
que una vez en Jerusalén,
envió Dios su Espíritu Santo
el día de Pentecostés?
- Sí, es verdad nietecita mía,
Jesucristo así lo anunció,
que al marcharse nos enviaría
su Espíritu Consolador.
Pues es el Espíritu Santo
Amor entre Padre e Hijo,
el Amor Personificado
el Espíritu del Dios vivo.
Y envió a la Tercera Persona
para dar inicio a su Iglesia,
para cumplir fiel su promesa
y regalarnos su presencia.
Más sucedió hace dos mil años
la historia que relataré...
Celebraba el pueblo judío
su fiesta de Pentecostés.
Cuando se oyó un fuerte ruido,
como una ráfaga de viento
que a todos los ahí reunidos,
les provocó gran desconcierto.
Y bajaron lenguas de fuego,
que al dividirse se posaron
sobre cada uno de ellos,
del Espíritu se llenaron.
De pronto, todos los discípulos
en distintas lenguas hablaron
y los hombres que iban llegando
asombrados se preguntaron.
- ¿No son estos los galileos
que ahora hablándonos están,
cómo es que todos escuchamos
nuestra lengua nativa hablar?
- Y recibieron los discípulos
su Espíritu, fe y el valor
para anunciar por todo el mundo
la Buena Noticia de Dios.
Pero a pesar de tantos años,
presente su Espíritu sigue
permanece en los sacramentos,
en sus dones y frutos vive.
Y Él habita en nuestras almas
por ser sus hijos, templos vivos,
está en las virtudes y gracias
que nos adhieren a Dios Hijo.
Más se manifiesta en el fuego,
o en la suave brisa del mar,
en la paloma, agua o viento
o al ver a un niño rezar.
Cuando damos besos y abrazos
y demostramos nuestro amor
o cuando al prójimo servimos
para alabanza y gloria a Dios.
Ven pronto Espíritu Santo,
restaura nuestro interior,
derrama tus dones y frutos,
condúcenos hacia el Señor.
Comprendes bien, mi nietecita
lo mucho que nos ama Dios
¡Inmensa es su misericordia,
que excelsa prueba de amor!
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